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Un epitafio para Víctor Ros

by Jean Cité
in SERIES
19 min read
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Comenzamos. La acción del último episodio arranca en la comisaría. Vemos a Buendía, Carballo y Blázquez, pero no está Víctor Ros. Es raro encontrarnos una perspectiva diferente a la del protagonista, y los propios personajes lo verbalizan: todos se preguntan dónde está Ros y su jefe, Fernando de la Escosura. Algo sucede. De pronto, un guardia trae una carta del jefe en la que les cita a todos en su propia casa. Efectivamente algo no pinta bien para el espectador avezado. La sospecha se confirma cuando llegan al croma a la puerta de la mansión y se la encuentran abierta. Los hombres entran en la casa armas en ristre y no dan crédito a lo que hallan en su interior. Un elegante movimiento de cámara nos va ofreciendo la información de manera secuencial: una sirvienta narcotizada, Fernando de la Escosura degollado sobre una butaca y a su lado Ros con las manos manchadas de sangre. Cabecera.

En esta ocasión estamos ante una premisa un tanto diferente: por primera vez Ros no es el investigador, sino que muy probablemente sea el investigado

Es habitual en la serie el empleo de este tipo de prólogos en los que se introduce el conflicto principal; la investigación que va a llevarse a cabo. No obstante, en esta ocasión estamos ante una premisa un tanto diferente: por primera vez Ros no es el investigador, sino que muy probablemente sea el investigado. Y es maravilloso. Por primera vez en lo que llevamos de serie Ros, tan perfecto él, se ve realmente en un apuro. De momento esto es lo que necesitaba el personaje: mancharse las manos de sangre.

Tras la cabecera vemos que Ros no recuerda nada. Blázquez se lo lleva detenido y Carballo se pone al cargo de la investigación. Mientras trasladan a Ros a comisaría mantiene un diálogo con su compañero donde nos recuerdan —flashback de por medio— la trama que dejaron colgada en el episodio anterior: el plan para asesinar al presidente. Obviamente los tiros van a ir por ahí, y todo parece indicar que han querido quitarse al detective del medio —Blázquez se encarga de verbalizarlo, de hecho—. ¿Por qué no lo han matado? Quizá el villano —a todas luces Aldanza— pretenda ganarse a Ros para su causa de alguna manera, pero todavía es pronto para decirlo. Ojo, esto no es todo. En esta escena-recordatorio se nos convida con otro flashback: Ros le confiesa su amor a Clara, la esposa del fallecido Fernando, y ella confirma que le corresponde. En el coche donde lo llevan esposado, Blázquez y el protagonista acuerdan una estratagema: el primero le deja escapar a cambio de recibir un soberano puñetazo que lo exculpe de cara a los compañeros.

Llámenme tiquismiquis, pero estoy convencido de que esta escena es una perfecta muestra del problema principal de la serie desde su comienzo: la perfección de Víctor Ros. Aunque la carta de la ambigüedad está sembrada, nosotros, los espectadores, no entramos en ese juego. No podemos, por muy interesante que suene. Sencillamente, estamos convencidos de que el Víctor Ros que conocemos, dechado de moral y de virtudes, jamás asesinaría al marido de su amada por motivos pasionales. No es el personaje. Por mucho que nos lo pongan junto al cadáver y amnésico tenemos la completa y absoluta seguridad de que no ha sido él; de que ni siquiera se le ha pasado semejante idea por la cabeza. Es más, incluso aunque lo hubiéramos encontrado amnésico en la Estación de Atocha, con dos billetes de tren para él y para Clara en un bolsillo de su chaqueta junto al arma del crimen seguiríamos convencidos de su inocencia. Ros es perfecto, copón. ¡Ay, qué interés no habría ganado esta historia si lo hubieran presentado con un punto de ambigüedad desde el comienzo que nos hiciera dudar, aunque sólo fuera un segundo!

Aunque la carta de la ambigüedad está sembrada, nosotros, los espectadores, no entramos en ese juego. No podemos, por muy interesante que suene

En la siguiente escena el comisario va a darle la noticia a Clara. Es una escena breve, pero bien llevada. Basta la sola presencia de Buendía para que ella comprenda la situación. Pasamos a la mesa del forense, con el cadáver de Fernando y su viuda llorando a su lado —bueno… tanto como llorando tampoco, Esmeralda, y lo sabes—. El caso, por resumir —pues el cadáver se ve que no le importa demasiado a nadie—, Clara pone al comisario sobre la pista del complot para asesinar al presidente. Recordemos que ella está enterada del asunto porque, en el capítulo anterior, fue la encargada de traducir los documentos del inglés —aunque no hiciera falta porque Ros, que es perfecto en todos los sentidos, habla inglés con soltura—. Blázquez llega con la noticia de que el protagonista ha escapado y pasamos a una escena de despacho donde el comisario hace resumen en voz alta, por si tú —sí, tú, lector— no te estabas enterando. Por supuesto Carballo no se fía de Ros y cree en la alternativa del crimen pasional, pero como nosotros sabemos que Ros es la perfección hecha hombre —y Carballo, además, nos cae mal desde el minuto uno— no tiene el menor efecto sobre la audiencia. Seguimos con la opción del magnicidio, y por ahí nos lleva la narración.

Aterrizamos en el despacho de un temperamental Cánovas del Castillo, que resta importancia a la opción de que atenten contra su vida y se posiciona a favor del crimen pasional de Ros, pidiendo «un castigo ejemplar». Mientras, el protagonista está con su amigo El Conquense, que aplica su destreza de ladrón para quitarle los grilletes y promete ayudarle deslizando información en el bolsillo de Blázquez cuando sea necesario.

Buendía, de vuelta en la comisaría, interroga acerca de Ros. Crespo y Sánchez, los subalternos, verbalizan lo evidente: Ros sabe demasiado de crímenes como para dejarse coger con las manos en la masa. Entonces hace irrupción un nuevo personaje que, sin duda, está tan bien introducido como bien interpretado. Se trata de un policía de Buenos Aires que ha trabajado con Juan Vucetich, el pionero en la identificación de personas a partir de las huellas dactilares. Es la solución a todos los problemas de Ros, obviamente, y llega en el momento adecuado. No obstante, su presentación me parece buena por dos motivos: en primer lugar, se le mencionó capítulos atrás anunciando su llegada, por lo que no viene caído del cielo y, en segundo lugar, será automáticamente ignorado y ninguneado por toda la plantilla, que no verá en él el potencial necesario para ayudar al protagonista hasta más entrado el episodio —hay un tercer motivo, que se verá más adelante, y es que su presencia sencillamente no afecta en absoluto a los hechos que tienen lugar en la historia; si no estuviera este personaje no pasaría absolutamente nada, como Indiana Jones en El Arca Perdida, pero su presencia aporta una riqueza que es digna de aplauso—.

Hace irrupción un nuevo personaje que, sin duda, está tan bien introducido como bien interpretado. Se trata de un policía de Buenos Aires

Mientras Blázquez se encarga de instalar al argentino, El Conquense le deja una nota en su bolsillo que le lleva directamente a Ros. Una vez se han reunido, hablan del visitante, introducen el flashback donde se le nombra y, de pronto, Ros, al encontrar un hematoma en su hombro, recuerda que fue aguijoneado por una jeringuilla. Se menciona a Aldanza sin nombrarle, y se menciona la posibilidad de que Clara mienta para encubrir a Ros —a lo que él se niega rotundamente—. A la vez, en otro lugar, Lola testifica ante Carballo, que se va con las manos vacías del burdel, según le comenta, en la escena siguiente, a su jefe, quien ordena plantar un dispositivo de vigilancia sobre el presidente, por si acaso.

Cambiamos el punto de vista y nos vamos del lado del villano. Aldanza, en lo que parece un almacén, quema todos los documentos incriminatorios al tiempo que recibe a De la Rubia, el brutal asesino que conocimos episodios atrás y que han liberado para que asesine al presidente. Junto a él está el inglés Osborne, que antaño fue amigo de Ros. Mantienen el clásico diálogo explicativo de las series españolas que obviaré. ¿No saben a qué me refiero? Sí, claro que sí. Es lo que posibilita que en nuestro país se pueda ver la televisión sin mirar a la tele.

Nos vamos de vuelta al burdel. Lola está pensativa y no trabaja. Tras discutir con la señora que regenta el negocio decide irse a «donde la necesitan» y, a continuación, la vemos entrar por la puerta de la casa de Clara. ¿Era necesaria la escena de burdel? Creo que si la hubiéramos visto directamente entrando por la puerta de Clara hubiéramos entendido todo lo demás. Dialogando por Twitter con los guionistas la han tratado de justificar… pero yo sigo pensando que sería más potente que llegase sorpresivamente a casa de Clara.

Cuando Blázquez les lleva la cartera de Osborne, el detective tiene ya claro que Aldanza está detrás de todo

Siguiente escena, amanece y Blázquez se sincera con el resto del equipo —salvo Carballo y Buendía— diciéndoles que sabe dónde está Ros. Todos prestan su apoyo a la causa del protagonista. Mientras, Lola y Clara se despiertan en el salón y la primera le cuenta a la segunda su proyecto de matrimonio con un noble gay. En un diálogo sacado un poco de la manga entierran el hacha de guerra con respecto a Ros, pues ya está claro que él prefiere a la virtuosa antes que a la fulana —disculpen el lenguaje, pero, como ya he dicho, me lo han puesto a huevo—.

Por su lado, el argentino imparte en comisaría su clase sobre las huellas digitales y el equipo empieza a entender la trascendencia del descubrimiento. En otro lugar, Lola y su prometido, el noble gay que la quiere como tapadera para heredar a su padre, conocen a la familia de él. La madre, que sabe la verdad del arreglo, la rechaza y la echa de casa. Estamos ante una subtrama de poco recorrido que desemboca en las quejas de Lola con su amiga-jefa en el burdel en la escena siguiente.

Mientras tanto, los policías llevan al argentino secuestrado al escondite de Ros, que le pide ayuda. Buendía se indigna en la comisaría, como es natural, pero pronto se nos olvida: un grupo de matones, con Osborne a la cabeza, le pega una paliza a El Conquense en su casa y se lo llevan. Cuando la policía llega, alertada por el hijo del ladrón, sólo encuentran la cartera Osborne —oportunamente sustraída y abandonada por El Conquense—. Carballo empieza a creer en la inocencia de Ros mientras a su amigo lo llevan ante Aldanza y lo someten a una brutal paliza para que les diga dónde se encuentra Ros, que está junto al argentino probando su inocencia. Cuando Blázquez les lleva la cartera de Osborne, el detective tiene ya claro que Aldanza está detrás de todo.

Llega el día siguiente sin que El Conquense haya dicho nada del paradero de Ros. Tras un diálogo breve, Aldanza le asesta un disparo en la cabeza sin que su víctima aparte la mirada. Brutal, frío, sin contemplaciones y totalmente justificado siendo el personaje que es. De hecho, sería extraño que no lo hiciera de esa manera. Los villanos, en general, en la serie, están mejor perfilados y son más interesantes que los personajes principales.

Brutal, frío, sin contemplaciones y totalmente justificado siendo el personaje que es. De hecho, sería extraño que no lo hiciera de esa manera

Ros llega a la comisaría con sus pruebas de inocencia justo para encontrarse con el cadáver de su amigo sobre la mesa del forense. Un flashback incide en la amistad entre ambos, con especial énfasis en el hijo que deja el ladrón y del que se hace cargo Ros a partir de la escena siguiente. Estamos en un segundo acto bastante lacrimógeno, con los llantos del huérfano y el entierro de Fernando, al que asiste Aldanza de lejos y verbaliza lo que nos sospechábamos desde el principio: su intención de captar a Ros.

Tras el funeral, Víctor va a ver a Clara y le pide que no diga a nadie que estuvieron hablando la mañana del asesinato. Este será un punto importante que veremos más adelante. El motivo es honrar la memoria del finado Fernando. Aunque parece que se refiere a que no mienta diciendo que estuvo más horas de las que estuvo, lo cierto es que directamente le dice que no quiere que sepan que estuvieron juntos. Inmediatamente después vemos a Clara hablando con Lola en El Retiro, obviamente dándole la noticia de que Ros está bien. Mientras dialogan, sale a la luz la subtrama de Lola con el marqués gay y los problemas con su madre. Clara la anima a que defienda su dignidad.

En un maravilloso giro de los acontecimientos, el juez no acepta las huellas dactilares como prueba

Mientras tanto, el argentino expone ante el juez las pruebas que exculpan a Ros. En un maravilloso giro de los acontecimientos, el juez no acepta las huellas dactilares como prueba. Estamos ante un revés que gira de nuevo la trama en contra de Ros, aportando interés al asunto —y por esto decía anteriormente que el argentino sólo es un hombre de paja—. La única escapatoria que le queda al protagonista es confesar que estuvo con Clara en el momento del asesinato —que es, paradójicamente, lo que le ha pedido a ella que no diga—. En la escena siguiente Ros y el comisario Buendía dialogan en la celda, reconduciendo la narración hacia el complot para asesinar al presidente, que sigue estando ahí aunque empezábamos a olvidarnos de él.

Cambiamos de escena y acompañamos a Lola en su enfrentamiento con la madre de su prometido. En un diálogo duro entre ambas mujeres se soluciona la trama de la aceptación de Lola. Así de sencillo. En tres escenas se ha abierto, complicado y cerrado el problema. Por eso he dicho más arriba que no tenía demasiado recorrido. Alertada por el marqués, Lola descubre en un periódico la noticia de que Ros ha sido detenido y corre a hablar con Blázquez en torno a los jardines del croma del Paseo del Prado. En el diálogo con el policía intenta, por un lado, resumirnos la trama, no sea que nos perdamos, y, por otro, plantearnos un nuevo dilema: la única salvación que tiene Víctor es que Clara diga que estuvo con él dos horas más de lo que realmente estuvieron, aunque Ros, según verbaliza Blázquez, no quiere verla a ella testificando.

Ahora resulta que Clara no sólo tiene que testificar sino que además tiene que mentirle al juez y, como es obvio, el intachable Ros no puede estar de acuerdo

Aquí me pierdo. Ros no ha dicho que no quiere que ella declare, ha dicho que no quiere que diga que estuvo con él —dejando abierta la puerta a una mentira piadosa en caso de declaración—. Ahora resulta que Clara no sólo tiene que testificar sino que además tiene que mentirle al juez y, como es obvio, el intachable Ros no puede estar de acuerdo: él prefiere la condena antes que ver a Clara perjurando. ¿No les parece una contradicción que primero le pida que mienta —o le sugiera que oculte información— y que luego no quiera que lo haga? Personalmente hubiera preferido evitar tanta vacilación verbal y que ella le salve del garrote mintiendo motu proprio en la escena final. Lola, que es la única congruente de la serie, se escandaliza, como es obvio.

Aldanza, en su escondrijo, introduce el tercer acto repasando con Osborne el plan para matar al presidente. Lo repasan en voz alta, para que seamos conscientes de cómo lo van a hacer —incluso dicen las palabras «matar al presidente» como tres veces, para que no nos perdamos—. Asistimos, a continuación, al intento de asesinato según el plan que nos acaban de contar hace apenas unos segundos que, como todos esperábamos, es evitado por los policías, aunque se juega al despiste. En la escena sólo se oyen un par de disparos y saltamos a un nuevo diálogo entre Lola y Clara sobre la posibilidad de que ella mienta o no para defender a Ros, que se deja también en el aire aunque por la mirada de Esmeralda Moya parece claro —si es que alguien lo dudaba— lo que va a suceder. ¿Por qué le dan tanta bola a este asunto? Ni idea. Supongo que algún contrapunto dramático tenían que meter antes del clímax, y el asunto de Lola y el marqués se les iba mucho de tono.

A continuación llegamos a la escena final. Aldanza está en su guarida brindando con Osborne por el éxito de la operación cuando irrumpe Ros haciéndose pasar por De la Rubia junto a todo el cuerpo de policía. Es raro que un villano de la inteligencia de Aldanza siga, no ya en el país, sino en el mismo sitio desde donde lo ha preparado todo justo después de asesinar supuestamente al presidente. Pero bueno… digamos que están brindando antes de largarse de allí.

Se verbaliza todo lo que ha sucedido realmente en el despacho del presidente, junto con un flashback a destiempo donde se explica cómo Aldanza logró hacer creer a la policía que había muerto. Tras la explicación de toooodo lo que ha deducido Ros desde la celda tan sólo a partir de la información de la agenda del presidente —no pincharé más—, y tras explicar el ingreso de un amigo en la cárcel en lugar de Ros —que han puesto obviamente pensando en algún friki como yo que se lo podría preguntar— y el motivo por el que De la Rubia ha vendido a sus secuaces —que no interesa realmente a nadie—, se produce el instante más inquietante de toda la serie: Ros deja a Aldanza en manos de la banda de ladrones de su amigo fallecido para que lo apalicen a placer.

Al final de todo, Ros condena a Aldanza a una muerte rastrera y cobarde

Al final de todo, Ros condena a Aldanza a una muerte rastrera y cobarde, ya que ni siquiera se ocupa él mismo, con sus manitas, de ese trance tan oscuro y tan poco esperable de un personaje claro, limpio y perfecto como Ros. ¿Se ha vuelto malo en la escena final? ¿Por fin encontramos una flaqueza moral en la intachable trayectoria de Víctor Ros? En cualquier caso, llega tarde. Lo interesante no es que las circunstancias cambien al personaje y lo enturbien en el último momento. La transformación está, y le da dimensión sin duda; pero el interés hay que sembrarlo seis episodios atrás. No hemos asistido al proceso de corrupción de un hombre íntegro; la corrupción ha llegado de golpe, de sopetón y sin más justificación argumental que la de la cobardía. Personalmente me siento un poco traicionado por el Ros del clímax, ya que no es propio de él delegar los puñetazos en manos ajenas. O lo arresta y sigue siendo «el intachable», o lo mata con sus propias manos en venganza por el asesinato de su amigo. La delegación del castigo denota una premeditación más propia del villano que nunca ha sido, o que nunca nos quisieron presentar.

La delegación del castigo denota una premeditación más propia del villano que nunca ha sido, o que nunca nos quisieron presentar

La resolución llega en tres escenas finales. En la primera están todos riendo junto al argentino en el café, donde se resume lo acontecido, se le agradece su colaboración y se le regala un cuadro con las huellas dactilares del equipo a modo de recuerdo. Cuesta pensar que Ros esté ahí tan campante después de haber condenado a Aldanza a una somanta de palos al margen de la ley. ¿Será que realmente es tan inmoral, o será que el personaje de la escena anterior, sencillamente, no era el que tenía que ser?

En comisaría, Clara testifica a favor de Ros, salvándole de la condena con la complacencia del comisario, que está presente. Ros, pese a tanta queja, tampoco se opone ni la desmiente en honor a la verdad… ¿Será que realmente es tan inmoral que nos ha tenido engañados todo este tiempo? Lola, en su burdel, recibe a Blázquez y menciona a «sus compañeras», trayendo a colación el tema de los asesinatos de prostitutas que dio origen a toda la serie. El marqués gay irrumpe con la noticia de que tiene el consentimiento materno para la falsa boda —como todos sabíamos que ocurriría, felices en la mentira, igual que la pareja protagonista—, y saltamos a un plano de Ros, junto a Clara y el hijo de su amigo El Conquense depositando unas flores en la tumba de éste.

Antes de marcharse, el sepulturero, a modo de epílogo, les llama la atención sobre una lápida que tiene inscrito el nombre de Víctor Ros; premonición cruel de lo que haría TVE con una serie que, a pesar de las opiniones que podamos tener unos y otros acerca de esta o aquella nimiedad, era un digno ejemplo de ficción española de calidad, y prueba de ello es todo lo que ha dado para el debate.

Descanse en paz.

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