Es sabido que el director Stanley Kubrick trabajó durante décadas en un proyecto cinematográfico sobre el personaje de Napoleón. Su idea resultaba a todas luces irrealizable dado el nivel de exactitud y detalle que pretendía imprimirle, con miles de extras y prescindiendo de iluminación artificial. En el proceso de documentación recopiló decenas de miles de fotografías y otros documentos, leyó cientos de biografías y anticipó el diseño de vestuario y localizaciones con diversos profesionales de primer nivel. De hecho, según recoge Alison Castle en el libro Stanley Kubrick’s Napoleon, Kubrick estaba en disposición de saber lo que hizo Napoleón cada uno de los días de su vida.

El biopic de Ridley Scott sobre el dictador francés dista totalmente de esta aproximación al tema. Mucho se ha comentado acerca de la falta de rigor histórico que presenta a hagiografía realizada por el director británico. No sólo Scott ha trastocado el orden de unos eventos y ha exagerado otros, sino que además ha inventado situaciones que nunca tuvieron lugar, como el cañonazo a la Gran Pirámide.
Pero no importa. Al fin y al cabo, no se trata de un documental sino de una obra de ficción. Y la pretensión de Scott claramente es otra: dialogar desde la metáfora con la realidad del poder y la obsesión. En la secuencia de Egipto pone Scott al emperador francés frente a frente con una momia. Él, parsimonioso, le acerca el oído, como si la momia —quién sabe si de algún faraón— pudiera susurrarle algo. El boato y la reverencia se rompen en el momento en que Napoleón trata de acariciarle la cara y el cadáver se tambalea hacia la izquierda, frágil, como una rama seca. En el instante final de la película, el propio Napoleón hará el mismo movimiento cuando le llega la muerte. Símil.
Ahora bien, dicho esto, sí hay una serie de elementos de la realidad que son necesarios reproducir, si no con fidelidad, sí con verosimilitud. Y aquí es donde la película de Scott pierde gran parte de todo el interés que podría tener. No hay un solo croissant, ni una baguette, ni un petit four; no hay un solo uniforme arrugado, ni chistes entre los soldados, ni camaradería, ni canciones. Todo es marcial, peripuesto, orquestado y protésico; todo resulta artificial.
Si la película ya de por sí resulta episódica (estrenarán una versión extendida de cuatro horas que quizá solvente un poco esta sensación de fugacidad de todos los acontecimientos), lo resulta todavía más cuando los personajes viven y se comportan como monigotes de una opereta. Porque, al final, da lo mismo si se inventan las batallas o no muestran los hechos históricos tal y como sucedieron; podemos perdonar la inexactitud en pos de la alegoría y del giro emocional. Pero lo que resulta imperdonable es que los personajes no tengan rasgos de humanidad.





















