En el género del terror es muy común encontrar una paradoja recurrente: al final de la historia se logra acabar con el mal y devolver la paz a la comunidad pero, a la vez, el mal nunca se logra vencer. Al menos no del todo. Así sucedió en La Monja, película de 2018 dirigida por Corin Hardy, en cuyo epílogo se sugería que uno de los supervivientes llevaba en su interior, sin saberlo, al demonio causante de todo y que creían por completo exorcizado.

Por supuesto, el fan del Warrenverso, la saga de películas donde se integraba esta historia, no podría esperarse menos ya que, si el citado ser del inframundo —que adopta la forma de una monja malvada para mayor ofensa a Dios— sigue atormentando a los Warren (protagonistas de los famosos Expedientes) en los años setenta, es obvio que no pudo ser destruido en los años cincuenta, que es cuando se ambienta la obra. Y es obvio que tampoco lo será en la secuela. Obvio y, por otra parte, deseable pues, ¿qué fan querría que la saga se terminase?
La Monja II sigue la historia de la hermana Irene (Taissa Farmiga), monja con poderes premonitorios que logró sellar la puerta del Infierno en la película anterior y que ahora está llevando una vida tranquila en un convento. Maurice (Jonas Bloquet), el otro superviviente de la película anterior y que se llevó al demonio consigo, ahora trabaja en un internado femenino, donde, como es de esperar, empiezan a suceder sucesos paranormales y terribles homicidios. Ante estos problemas, un cardenal decide enviar a la monja al lugar para investigar y poner orden, muy a su pesar.
Aunque la historia pueda sonar predecible, esta secuela sigue la estela de las otras entregas (buenas) del Warrenverso —como, por ejemplo, Annabelle: Creation—. El recurso de situar la acción de un internado femenino eleva la apuesta de forma exponencial, tanto por introducir nuevas posibles víctimas del maligno especialmente vulnerables, como por aprovechar las mezquindades cotidianas de las niñas del internado, tropo tan perverso como clásico desde La Residencia (1969).
La película, por otro lado, disgrega el punto de vista y el protagonismo, permitiendo así fragmentar la narración en diversas localizaciones y espacios, pero perdiendo el foco de la historia principal, que se ve abocada a un final repentino, deusexmachinaco y atropellado en su conjunto. Consuela, sin embargo, que en el epílogo de esta se vincule la historia con la de los Warren de forma más o menos explícita, sembrando el camino para que veamos a las hermanas Farmiga juntas en pantalla en la próxima The Conjuring: Last Rites. Hasta entonces, no es mal plan ir familiarizándonos con el resto de películas de la saga.



















