En el clásico El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde planteaba la posibilidad de vivir una vida donde los actos no tuvieran consecuencias. Al menos, no sobre la persona misma que los cometía. Mientras que el hermoso Dorian conservaba su juventud y lozanía, era su retrato el que reflejaba el paso del tiempo y las cicatrices que los pecados dejan en el alma; mientras él se lanzaba a todos los vicios, lujurias y borracheras, era su efigie sobre el lienzo la que acusaba las consecuencias de la resaca. La película de Cronenberg Jr. —Brandon, hijo del famoso David—, Infinity Pool se apoya en una premisa de resonancias semejantes.

Un escritor y su mujer pasan sus vacaciones en un resort dentro de una isla exótica. En la isla rige una ley tradicionalista de corte muy excesivo, y ejemplo de ello es que cuando el matrimonio atropella a uno de los aldeanos, condenan al hombre a morir a manos del hijo de la víctima. Así es la tradición. No obstante, como este tipo de leyes radicales no son buenas para el turismo, las autoridades le ofrecen una alternativa: crearle un doble que sufra la pena por él.
La tecnología que permite a los habitantes de la isla la clonación de sus turistas es un misterio no resuelto en ningún momento, pues tampoco importa demasiado. La trama se centra fundamentalmente en el sentido ético y moral del asunto. La posibilidad de que un doble acarree con las consecuencias penales de los crímenes propios ha animado a un grupo de ricachones con pocos escrúpulos para dar rienda suelta a sus más bajos instintos. Después de cometer sus crímenes, ellos mismos asisten a la ejecución de sus clones con festejo y alborozo, cayendo en una espiral de delirio creciente pues, en medio de la vorágine, el escritor termina sintiéndose feliz con esta nueva situación.
La película en sí presenta abundantes aciertos dentro del género, como su atmósfera y su planteamiento moral. No obstante, sin duda el mayor de todos es la fuerza telúrica de una femme fatal encarnada en el rostro de Mia Goth, actriz cada vez más anclada en el género y que demuestra, una vez más, un despliegue demoledor de fuerza delante de la cámara.
Sin embargo, la obra cae en una visión muy naive y anodina de la situación. Aparte de los impulsos sexuales, más o menos explorados en una lisérgica secuencia videoclipera, los bajos instintos de los ricachones se circunscriben a algún asesinato más o menos justificado y a molestar a otros turistas tirándoles tomatitos en el bufet del desayuno. Sólo en el último tercio la trama se torna más interesante, cuando el protagonista se da cuenta de que el libre albedrío sólo puede traerle desasosiego y pasa a ser perseguido por sus salvajes e inviolables amistades.




















