Después de escapar de la granja de los horrores de X —donde dejó un reguero de cadáveres—, Maxine Minx ha recalado en el Hollywood de los años ochenta con la firme intención de convertirse en una estrella. Y prácticamente lo ha logrado en el género de cine para adultos. No obstante, ella quiere más: quiere llegar a triunfar en el cine convencional, aunque para lograrlo tenga que emplear una producción de terror de bajo presupuesto como trampolín.

No obstante, tiene un grave problema. Un asesino satánico anda suelto por Los Ángeles, y se está centrando en las prostitutas y bailarinas de striptease con las que ella comparte escenario. Lejos de temer entrar en su radar —siempre va armada por eso mismo—, lo que preocupa a Maxine es que la investigación policial se le acerque lo suficiente como para descubrir su turbio pasado.
Tercera entrega del tríptico sobre la obsesión por el éxito que están construyendo mano a mano Ti West y Mia Goth, quizá de la obra lo menos interesante sea su argumento. Siguiendo la lógica de sus precedentes, lo más apetecible de las últimas películas de West es el ejercicio estético que realiza en cada una de ellas. Si en X se acercó al granulado de la serie B setentera, y en Pearl se aventuró con el melodrama años cuarenta, Maxxxine se ajusta a la forma del thriller ochentero con toda su petulancia, grandilocuencia y cortes de pelo. La música, el vestuario, los coches, el estilo visual a lo VHS, los cardados, las hombreras… todo adapta a la perfección el estilo cinematográfico de hace cuarenta años. Todo, excepto un detalle: el machismo.
El thriller, en los ochenta, a diferencia de la revolución de la década siguiente, era masculino y testosterónico. Las tramas se solventaban normalmente a balazos entre hombres en mitad de la calle; el padre coraje de Hardcore, un mundo oculto (Paul Schrader, 1979) terminaba a tiros, con la aquiescencia policial, y en mitad de una avenida, con los proxenetas que habían abducido a su hija hacia el mundo del porno; en El justiciero de la noche (Michael Winner, 1985) Charles Bronson le hacía un butrón en la espalda con su .475 Wildey Magnum a un pandillero que le había tirado un helado —entre aplausos del resto de viandantes—. La mujer, en ese ámbito, tenía un espacio muy delimitado y bien descrito: a veces prostituta, a veces villana, normalmente víctima y siempre sexualizada.
El primero de los dos grandes ejes de la película de Ti West probablemente sea el cambio de perspectiva en la narrativa ochentera.
El primero de los dos grandes ejes de la película de Ti West probablemente sea el cambio de perspectiva en la narrativa ochentera. Casi como queriendo acentuar la crítica, en los años ochenta que retrata Maxxxine tenemos mujeres detectives, mujeres directoras de cine, mujeres productoras… y, lo más importante, el punto de vista de toda la narración es el de la protagonista, quien, pese a cumplir con el estereotipo ochentero de actriz porno en apuros, en ningún momento se desnuda ante la cámara ni precisa de salvadores de última hora.
Si la perspectiva feminista es el primer eje, el segundo es el propio arte cinematográfico. De hecho, toda la trilogía navega por esta idea, el homenaje al séptimo arte se hace elocuente en Maxxxine, cuya trama se desarrolla precisamente en la Meca del cine, a la sombra de las letras gigantes del cartel de Hollywood. Y la mayor muestra de ello es el ejercicio estético que con tanto esmero y cariño desarrolla Ti West hacia el oficio en todos sus ámbitos, desde el pornográfico de menor enjundia hasta el que se estrena con alfombra roja en el Teatro Chino.
Maxxxine emula el estilo de Brian de Palma en la época en que éste quería imitar a Alfred Hitchcock, pero no se queda solo ahí.
Maxxxine emula el estilo de Brian de Palma en la época en que éste quería imitar a Alfred Hitchcock, pero no se queda solo ahí. En un elocuente pasaje de la obra, la directora de cine lleva a la protagonista a visitar el set —supuestamente— original de Psicosis (1960). Ella, de hecho, escapa de sus perseguidores adentrándose en la casa de Norman Bates. Es decir, de alguna forma Hitchcock está presente y es aludido de manera explícita como padre fundador del género y refugio —literal— de sus acólitos; y además la alusión se hace a través de una obra (Psicosis) cuyo protagonismo y punto de vista es también enteramente femenino.




















