La obra más conocida del irlandés Bram Stoker tiene una estructura particular. Se trata de una novela epistolar compuesta a esbozos, repleta de retazos de diarios de uno o de otro personaje, además de recortes de prensa, cartas y otros materiales. Esto le confiere un aura ambivalente: por un lado, sentimos que formamos parte del relato en primera persona, pues son los protagonistas los que nos hacen directamente partícipes de lo que les va sucediendo; pero, por otro lado, toda referencia que nos llega de Drácula es, inevitablemente, secundaria, pues es el único que no narra sus malignas acciones.

En uno de los diarios del personaje de Mina se recogen las últimas páginas de la bitácora que llevaba el capitán del Demeter. Lo que sucede durante la travesía de ese carguero a vela entre finales de julio y principios de agosto nos llega, por tanto, a través de una fuente de segundo grado. En pocas páginas, el capitán relata, con la parquedad propia de su rango, los misteriosos acontecimientos que diezmaron a su tripulación entre Transilvania y Londres y que terminaron con él encomendándose a Dios y amarrándose al timón de su navío, pues los capitanes no abandonan el barco sino que se hunden con él.
A partir de ese breve relato, y apoyándose en las episódicas imágenes que la cinematografía le ha regalado desde que Murnau trató de esquivar los derechos cambiando el nombre del monstruo, André Øvredal compone una película que se apoya fundamentalmente —no tiene más remedio— en las relaciones humanas que se dan en cubierta ante la amenaza vampírica que llevan oculta en la bodega.
Así, en el film, en el barco viaja un niño, nieto del capitán, y una mujer que ha entrado como polizón-aperitivo del vampiro y que está gravemente enferma —vampirizada—. Entre los miembros de la tripulación viajan gente de diversa ralea, pero uno que destaca sobre los demás: universitario formado en medicina, culto y negro, lo que lo convierte, además de en una rareza para el siglo XIX, en poco merecedor de la confianza del resto de la tripulación, pues consideran que miente.
La tensión de la historia y el temor por los miembros más vulnerables de la tripulación va in crescendo, como es lógico, si bien la película se pliega al estilo de narración rápida y poco sesuda que apuesta más por la acción —peleas nocturnas en la marejada— que por una visión del terror más sosegada y claustrofóbica. Destaca la interpretación de Liam Cunningham y David Dastmalchian, eternos secundarios de rostros particulares, y sorprende el final del relato que, sin llegar a ser contrario al texto de Stoker, sí resulta refrescante y de interés.



















